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miércoles, 3 de junio de 2009

Lo natural y lo forzado





"El equilibrio se alcanza
percatándose de cómo
se pierde el equilibrio".

John Welwood

Las palabras necesitan definirse con cuidado para evitar que transmitan exactamente lo contrario de lo que queremos decir. Como porque estoy hambriento: ¿ me comporto con naturalidad, o bajo la fuerza del hambre? Veo una golosina y le echo mano: ¿es natural, o me impulsa la expectativa de satisfacción? No estamos todos de acuerdo sobre si la causa de mi impulso es interior o exterior. Y, más importante aún, tampoco estamos de acuerdo sobre si el acto subsiguiente es natural o forzado.
En ciertos actos, somos conscientes de algo parecido a ´¨ soltar los frenos ¨; en otros, tenemos que poner en marcha nuestra máquina ejecutiva, mientras que en otros nos encontramos actuando antes de saber lo que estamos haciendo. En general, es más o menos indiferente cómo hacemos las cosas, pero para quien las hace es de la mayor importancia.
La noción de naturalidad es subjetiva y relativa, y sólo un observador experto puede distinguir si un acto determinado es natural o forzado. Depende de la sensación interior de resistencia que se experimente al actuar o al inhibir la acción. Así, podemos tener la costumbre de llamar a alguien ¨¨ cariño ¨¨ aun sintiéndonos por dentro reacios, lo que quita sinceridad al apelativo. Puede no haber demora ni vacilación manifiesta al pronunciar esta palabra; aun así, consideraremos forzado el acto por la resistencia interior que lo acompaña. El grado de resistencia que veamos depende en gran medida de nuestra experiencia y de los hábitos mentales formados. Matar un pollo es para algunos un acto tan simple como comerlo. Para otros, puede resultar casi imposible y, si se obligan a hacerlo, quizá entren en tal agitación sentimental que sean incapaces de comer ese pollo, aunque la próxima vez a lo mejor no tengan ninguna dificultad para comer un pollo asado pedido en un restaurante.
Estos ejemplos, aun triviales, son instructivos porque muestran claramente la importancia de la experiencia en la formación de la conducta natural. Además, muestran que es muy corriente el choque de motivos muy próximos, que se encuentran, por decirlo así, en compartimentos estancos. Pero a veces se presentan circunstancias que rompen estos muros de separación, y ese choque debe resolverse para poder seguir viviendo en paz con nosotros mismos. Por tanto, la conducta natural, tal como la hemos definido, sólo es posible mientras el medio sea suficientemente invariable. En estas circunstancias no nos damos cuenta de estas pautas contrarias que coexisten pacíficamente, pero a las que nunca se recurre a la vez.
Si tenemos poca experiencia en la resolución de estos conflictos, pueden presentarse unas circunstancias que nos hagan afrontar de golpe una crisis grave mientras todos los que nos rodean y no se hallan implicados personalmente ( es decir, no les chocan tales circunstancias) siguen completamente impávidos. Estos conflictos internos, como el amor y las conveniencias, la objeción de conciencia y la guerra, la empresa privada y los consorcios, la universalidad del conocimiento humano y el secreto científico, etc, no tienen solución general, porque el razonamiento de cada uno depende de su historia personal y de los hábitos mentales formados. Lo importante para uno es de poca consecuencia para otro, y las comparaciones con la conducta de los demás no sirven de mucho al tratar de resolver los problemas personales. A menudo, el querer imitar la conducta de otros no hace más que complicar la cuestión y dificulta mucho más el encontrar la solución justa para el interesado.
La naturalidad es, en efecto, una noción muy relativa y subjetiva. El animal de una especie con fuertes instintos tiene muy poca intervención particular en lo que hace. En condiciones normales, se conduce casi siempre con poca resistencia interior o, en circunstancias excepcionales, lo cazan, hieren o matan. Entre los hombres, el grueso de cuya actividad se compone de actos aprendidos, se presenta un tipo de actividad que puede definirse mejor como actividad potente. Es la clase de conducta que encontramos en las personas en plena madurez. Con el desarrollo del dominio voluntario, aprendemos paulatinamente a depender de nosotros mismos y a decidir de cuánto placer estamos dispuestos a prescindir al no seguir los hábitos mentales y de acción que se nos han inculcado y cuántos disgustos estamos dispuestos a arrostrar obrando en contra de ellos. En resumen, vamos tomando responsabilidad sobre nuestros propios actos. Faltando esta madurez, retrocedemos a la resistencia pasiva, cumpliendo en parte nuestro desafío y en parte nuestra obediencia al hábito. En los planos vitales en que nuestra madurez está menos desarrollada, seguimos obrando compulsivamente: hacemos (o no hacemos) cosas sabiendo perfectamente bien que queremos justo lo contrario. En estas circunstancias, aparece la impotencia. Por eso tiene importancia investigar con detalle cómo aprendemos a actuar, como surgen los conflictos internos y cómo se manifiestan, de modo que estemos mejor equipados para afrontar la impotencia cuando se presente.
Desde nuestro primeros momentos de vida podemos distinguir dos clase de actos: 1) aquellos en que se nos deja hacer a nuestro modo, como cuando aprendemos a hacer nuestras necesidades; y 2) aquellos que excitan sentimentalmente al adulto que nos cuida y nos anima a continuarlos o nos desanima lo mejor que puede y sabe. No es exacta la clasificación de estos actos, es decir, aquellos en que se nos deja hacer a nuestra manera provocan de repente la intervención del adulto, y viceversa, los actos que antes se vigilaban rigurosamente se dejan de golpe a su propio curso. De ello salimos con: 1) un conjunto de comportamientos a los que se asocia un tono sentimental relativamente bajo, y 2) otros a los que siempre acompaña una elevada tensión sentimental.
Los primeros actos se ejecutan en su marco normal sin ninguna prevención especial, y podemos abstenernos de ellos con la misma facilidad. Podemos repetirlos sin experimentar fuertes sensaciones de ningún tipo, o podemos abstenernos por completo de ejecutarlos. Pocas veces implican vacilación. En resumen, son los actos más naturales que somos capaces de asumir y constituyen el grueso de la actividad de los adultos normales.
Los otros actos, los que se desarrollaron bajo una prolongada tensión sentimental, o que pasaron muy bruscamente de un grupo al otro, o aquellos a los que no se dejó quedar nunca en un grupo ni en el otro ( por la irregularidad de conducta del adulto), siguen asociados a una gran intensidad sentimental. Los niños a los que siempre se ha armado escándalo con la comida, el vestido y el aspecto seguirán asociando gran intensidad sentimental a estas cosas, a menos que hayan aprendido a no hacerlo. Al ejecutar tales actos notamos un impulso a detenernos. Como el impulso a cumplirlos es más fuerte que el impulso a no cumplirlos, los ejecutamos forzados bajo tensión sentimental. Al abstenernos de ellos, notamos el impulso de realizarlos..., y los realizamos compulsivamente. En la conducta compulsiva, notamos resistencia y tensión interior, nos encontramos tensos al obrar como lo hacemos. Esta tensión se manifiesta siempre en los músculos de la cara, del cuello, del abdomen y de los dedos de las manos y pies, y puede detectarse fácilmente si lo intentamos.
Examinemos un ejemplo ordinario. A todo niño lo han levantado a veces bruscamente por encima de la cabeza. La primera vez que se lo hace se sonroja, contiene el aliento y contrae los flexores, es decir, se encoge y se dispone a llorar. Sin embargo, la mayoría de los padres lo hacen para divertir al niño, de modo que le dejan tiempo para darse cuenta de que no es peligroso. El niño se tranquiliza, sonríe y, si la primera prueba no fue demasiado brusca y no provocó una sensación muy desagradable, normalmente volverá a pedir que lo levanten una y otra vez. Encontrará la repetición cada vez más atractiva, porque habrá aprendido ya a contraer los músculos abdominales a tiempo para evitar las inminentes palpitaciones del corazón. Contendrá la respiración cada vez menos y pronto sabrá acomodar su cuerpo de modo que pueda evitar la sensación desagradable. La capacidad de hacerlo es en sí misma una sensación agradable: es una nueva experiencia, y el niño ha aprendido algo.
Vemos, pues, cómo aprende el niño pautas corporales que lo capacitan para evitar y dominar el comienzo de una sensación desagradable mediante experiencias que le han permitido juzgar por sí mismo cuánto es lo que puede soportar de desagradable. Pronto conseguirá elevar el listón y todo pasará a un franco olvido, como pasan todas esas cosas.
El cuerpo tiene que adaptarse para afrontar todas las excitaciones, sean agradables o desagradables. Nos hace falta preparar de alguna manera la cavidad abdominal y la respiración antes de poder afrontar que nos hagan cosquillas, nos columpien y nos giren. Si este aprendizaje no es demasiado brusco, la reacción del cuerpo se hace cada vez más automática, implicando cada vez menos respuesta sentimental. Luego aprendemos a dominar las reacciones del cuerpo hasta poder experimentar placer en que nos giren o nos columpien, según como preparemos el cuerpo en cada momento.
De adultos, la expectativa de una sensación intensa sigue haciendo que tensemos los músculos abdominales y contengamos el aliento, porque esto ayuda a frenar la aceleración del pulso y las demás reacciones desagradables del cuerpo en tales casos. Nos defendemos así contra la exagerada intensidad de la sensación, agradable o desagradable. Si la sensación esperada es desconocida, inexperimentada, tensamos el cuerpo lo suficiente para poder arrostrarla y disponernos a recibir la mayor intensidad posible.
De esta manera, aprendemos a afrontar en la vida la mayor parte de los acontecimientos. Las sensaciones experimentadas, conocidas y repetidas a menudo se hacen habituales. Al final, dejamos de prepararnos a ellas: no tensamos los músculos más de lo necesario para cumplir la acción pretendida y no contenemos la respiración. Pero las sensaciones que no hemos aprendido a afrontar, las que hemos aprendido mal y, más importante, las inesperadas e inexperimentadas siguen provocando una tensión corporal compulsiva. Esta tensión se forma por la expectativa de un placer intenso o de un dolor intenso. En un caso u otro, el cuerpo se encuentra en un estado de angustia. Es una angustia que se presenta en una acción forzada y aparece antes de que podamos remediarlo. Debiera ser objeto de la educación eliminar estos estados compulsivos y ayudar a adquirir la capacidad de acción potente, esto es, poder dominar las excitaciones del cuerpo y obrar como en el caso de la acción natural. La clara comprensión del mecanismo general y la historia personal de cada caso individual, más el necesario saber gobernarse, serán de gran provecho para preparar unas condiciones satisfactorias de maduración.
Cuando la educación ha fallado, toda angustia se debe en definitiva a la compulsión interior a actuar o frenar la acción. Y se siente compulsión cuando choca el móvil de la acción, es decir, cuando la pauta habitual que se puede cumplir se advierte que compromete la propia seguridad. La sensación de seguridad está relacionada con la idea de sí mismo que se ha cultivado durante el período de dependencia. Así, para algunas personas su buen aspecto y, para otras, la absoluta falta de egoísmo, la virilidad absoluta, ideas de superhombre, la bondad absoluta y toda clase de comportamientos, hábitos mentales y nociones imaginarias, inverificables, han servido como medio de obtener afecto, aprobación, protección y solicitud. Se siente compulsión cuando cualquiera de estos medios amenaza ser ineficaz, el interesado se siente en peligro y que le falta todo medio de protección. Cuando hay un peligro real, sin medios de defensa, la consecuencia puede ser la eliminación verdadera. En casos de compulsión interior, la única consecuencia posible es el derrumbamiento interior, puesto que no hay peligro real. Normalmente la angustia que se experimenta frente a un peligro real la experimentaríamos la mayoría de nosotros. Pero la angustia debida a una compulsión interior no tiene una razón manifiesta. Se halla asociada esencialmente con los medios de obtener seguridad que se ha formado uno durante su historia personal.
Conforme disminuye la dependencia del adulto, nos hacemos cada vez más potentes, o sea, dejamos de obrar siguiendo pautas establecidas anteriormente. Sentimos que podemos aventurarnos a aplicar las experiencias que creemos convenientes y podemos rechazar las demás, o probar nuevas pautas, y estamos dispuestos a purgarlo. Durante la maduración tenemos la oportunidad de averiguar hasta donde podemos llegar en el abandono de las pautas habituales adquiridas en el período de dependencia. El fin de la educación debiera ser ayudar al individuo a alcanzar el estado de un ser en evolución, debiera facilitarle el cortar los lazos habituales de dependencia o, por lo menos, hacer menos doloroso el mantenerlos cuando el buen juicio lo exija. La educación que no alcance este objetivo habrá fracasado. Entonces la madura independencia llegará a ser una misión pesada y fatigosa y una lucha continua consigo mismo.
Las personas con dificultades sentimentales suelen dudar de si son normales o no. Continuamente las devuelven a esta duda las extrañas y desagradables sensaciones que experimentan al realizar compulsivamente ciertos actos sencillos que tienen poca importancia para otras personas. Se tensan; sus músculos flexores suelen contraerse y quedar contraídos mucho tiempo; y a menudo parece como si fuesen a marearse. Enrojecen o palidecen, sudan sin motivo aparente o se les seca la boca, necesitan evacuar los intestinos o la vejiga sin necesidad verdadera; o tienen una sensación de caída en la boca del estómago, o palpitaciones. Algunos sienten que van a desmayarse, que pueden perder el sentido, o van a reventar, o cualquier mezcla de estas sensaciones o semejantes. Los que padecen cierto tipo de impotencia, y especialmente los varones que adolecen de impotencia sexual y las mujeres incapaces de tener un orgasmo completo se reconocerán fácilmente en uno u otro de los síntomas que hemos enumerado. La mayoría de estas sensaciones pueden provocarse también mediante una fuerte estimulación del aparato vestibular del oído, rápidos movimientos giratorios de la cabeza o intensa oscilación del cuerpo, así como un brusco descenso o subida. De hecho, los propensos a estas sensaciones no gustan de giros y oscilaciones fuertes y prolongadas y, en general, de ninguna aceleración intensa. A veces es tan grande su disgusto que evitan tales movimientos incluso en su conducta cotidiana, en su paso, al volverse y al inclinarse. Podemos reconocer la persona muy estirada en la disposición muscular a envararse, a fin de evitar cualquier movimiento que pueda provocar estas sensaciones desagradables. Tiene que estar pronta a refrenar y dominar su cuerpo para no entrar en el súbito e irrefrenable movimiento que tanto teme.
No hay nada esencialmente anormal en todo esto, salvo la seriedad con que se considera y la intensidad y la constancia de las sensaciones. La cuestión es de grado, no de cualidad, como en la mayoría de los trastornos, especialmente los sentimentales. Las intensas aceleraciones, lineales o giratorias, producirán siempre una intensa irritación desagradable del aparato vestibular, náusea, liviandad, y demás. Pero la exagerada sensibilidad de algunas personas, y la importancia que ésta tiene en sus vidas, necesita más explicación.




Moshe Feldenkrais

El Poder del Yo

PAIDOS

1 comentario:

FLORENCIA MITTELBACH dijo...

Una maravilla de texto!!! gracias caro por compartirlo